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LA HERENCIA FRANCISCANA, EVANGELIZACIÓN Y EL SURGIMIENTO DEL PUEBLO DE SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL.

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Por Jaime Orozco Parejas, Cronista Municipal.

Los franciscanos fueron los primeros frailes en arribar a la Nueva España a solicitud del propio Hernán Cortés, quien en una de sus cartas de relación a Carlos V, pedía gente religiosa para ayudarle en la sagrada tarea de evangelizar los nuevos territorios.

La encomienda no sería fácil y si bien es cierto, que los naturales de México eran personas dóciles y con disposición para rendirse a la fe cristiana, también tenían profundamente arraigada lo que los españoles consideraban como una muy fuerte idolatría a dioses paganos.

La   principal misión de los frailes fue la de evangelizar a los nativos de estos nuevos territorios, pero también se interesaron por introducir nuevos conocimientos.

Sentaron las bases de la convi­vencia y relaciones sociales que aún hoy se conservan, más allá de difundir la religión católica, dieron a los pueblos elementos que llegaron a constituir parte esencial de su identidad.

En 1524, doce franciscanos partieron de Sanlúcar de Barrameda; el 25 de enero alcanzaron Puerto Rico tras veintisiete días de navegación, se detuvieron seis semanas en Santo Domingo, para posteriormente llegar a San Juan de Ulúa junto a Veracruz, puerta de México, el 13 de mayo del mismo año.

Cuenta Bernal Díaz del Castillo:

«En cuanto supo Cortés que los franciscanos estaban en el puerto de Veracruz, mandó que por donde viniesen barrieran los caminos y los fueran recibiendo con campanas, cruces, velas encendidas y mucho acatamiento, de rodillas y besándoles las manos y los hábitos. Los frailes, sin querer recibir mucho regalo, se pusieron en marcha hacia México a pie y descalzos, a su estilo propio. Descansaron en Tlaxcala, donde se maravillaron de ver en el mercado tanta gente y desconociendo la lengua, por señas indicaban el cielo, dándoles a entender que ellos venían a mostrar el camino que a él conduce».[1]

Los franciscanos comenzaron su misión evangélica con la fundación de conventos y capillas en las principales pobla­ciones del centro de México, aquéllas que estaban más habitadas y que se encontraban cerca de la Ciudad de México. Uno de estos lugares fue Tlacopan, conocida después como Tacuba, en donde fundaron el convento de San Gabriel, edificio de gran tamaño realizado con el apoyo de los indios y caciques de ese lugar. Ahí residieron varios frailes, quienes emprendieron la evangelización hacia los pueblos del actual Naucalpan. Los frailes se dieron pronto a la tarea de edificar pequeñas iglesias en los pueblos de visita,[2] para lo cual aprovecharon el apoyo de los principales del lugar y la numerosa mano de obra de los indios. A cada lugar se le dio un santo patrono, que en muchas ocasiones era una superposición de los atributos que tenían los dioses paganos, pero ahora con santos relacionados con esas mismas virtudes.

En las pequeñas iglesias, los indios eran reunidos para que los frailes pudieran bautizar, confesar, impartir el sacramento del matrimonio y extirpar cualquier signo de idola­tría. Las primeras construcciones de capillas de visita fueron provisionales, por lo que sus materiales eran perecederos. Poco después, cuando la evangelización estaba más consolidada, se llevaron a cabo las construcciones que aún hoy podemos admirar.[3] Su realización solía extenderse durante varios años, pues requería gran cantidad de material y mano de obra. Aunque no se sabe la fecha precisa de construcción de las primeras capillas en nuestro municipio, el estilo sobrio que tienen la mayoría de ellas nos habla de que debieron realizarse durante las décadas de 1530 o 1540.[4] Algunas de ellas son las de San Francisco Chimalpa, San Juan Totoltepec, San Mateo Nopala, San Lorenzo Totolinga y Santa Cruz Acatlán.

La misión evangelizadora de los franciscanos tenía un gran inconveniente; la forma en que habitaban los indios, la distancia entre las diferentes poblaciones y lo accidentado del terreno, dificultaba en gran medida el acceso a estos lugares. Por otra parte, las epidemias de mediados del siglo XVl acabaron casi por completo con muchos de los pueblos prehispánicos. Fue por ello que se le solicitó al primer Virrey de la Nueva España Antonio de Mendoza que se les permitiera aglomerar a los naturales que vivían “desbalagados” y en los lugares más lejanos para poderles proporcionar los sacramentos.

Virrey Antonio de Mendoza:

“Y porque para ser verdaderamente cristianos y políticos,[5] como hombres razonables que son, es necesario estar congregados y reducidos en pueblos y no vivan desparramados y dispersos por las sierras y montes, por lo cual son privados de todo beneficio espiritual y temporal…Su Majestad debería mandar con toda instancia a sus audiencias y gobernadores los indios como ellos más cómodamente vieren que conviene, con acuerdo de personas con experiencia”…[6]

La idea era conformar una población de que conjugara  los elementos para  prosperar de manera adecuada, esto incluía los recursos naturales necesarios para su subsistencia.

El concepto de centralidad era la base para estas nuevas poblaciones, es decir que alrededor del nuevo asentamiento confluirían otros poblados de menor tamaño poblacional y político. Para ello tendría que sacrificarse en algún sentido, la supuesta libertad de la que gozaban los indios, en el aspecto de que muchas de las migraciones a estos centros fueron forzadas por los propios españoles.

 Por el contexto anterior se puede pensar que el pueblo San Bartolomé Apóstol fue resultado de estas movilizaciones entre los años de 1550 y 1560, debido a que San Bartolomé durante mucho tiempo fue un pueblo de visita del Convento de San Gabriel. Hasta el momento no se ha encontrado un documento que hable de la fecha exacta de su fundación.


[1]Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España, Méxi­co, Editorial del Valle de México, s/a, p.171

[2] Los pueblos de visita eran poblaciones carentes de un templo propio con cura que viviera en esa población. Eran visitados los días domingo por un párroco de una población cercana para impartir servicios sacramentales.

[3]Amada Martínez, “Arquitectura monástica franciscana del siglo XVI”, en El Arte Mexi­cano, México, SEP-Salvat, 1986, Tomo 7, p. 646.

[4]Rebeca López Mora, Naucalpan ante el bicentenario una mirada al pasado, México, 2012, p.31.

[5]Ser “políticos” significaba que debían vivir en “policía”, o sea, de forma civilizada, bajo las normas establecidas por los españoles.

[6]“Instrucción a Luis de Velasco, 16 de abril de 1550” en Instrucciones y Memorias de los virreyes de Nueva España, México, Ed. Porrúa, 1991, Vol. I, p. 136

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